El pasado 1 de noviembre recibimos la funesta noticia del fallecimiento del Doctor D. Bartolomé García. En lo sucesivo y por la amistad y el cariño que le profesé me referiré a él como Bartolo. Nos dejó tras una dura enfermedad que llevó con discreción y fortaleza, tal cual llevó su vida. Era Bartolo un hombre hecho a sí mismo, pues por avatares de la vida tuvo que madurar antes de lo que es normal, pero como era un ser humano excepcional, no contó en su currículo las vicisitudes por las que transitó hasta llegar a ser el Doctor García, ni las que tras su graduación le sucedieron.

Ayudó a propios y a extraños, a enfermos de todas las clases sociales, tratando a todos con el mismo cariño con el que hoy le recordamos los que recibimos sus cuidados. Dejó amigos a raudales y si los agradecimientos se pudieran engarzar en coronas de flores, serían miles las que cubrirían su lápida.

Era Bartolo hombre de férreos principios, lo que le llevó a cumplir a pies juntillas con su juramento hipocrático como médico y con su juramento de funcionario de la Seguridad Social, siempre buscando la excelencia en su actividad médica. La de hijo, hermano, esposo y padre fue cum laude. Y tras detectar como se pervertía el Servicio de Aparato Digestivo que él mismo dirigía, y con el que había cosechado éxitos como la supresión de listas de espera en el mismo desde el año 2003, decidió hablar con el  Director gerente del Rosell, D. Cástor P. Escribano, planteándole quejas y soluciones que ayudaran a reducir las listas de espera y sobre todo a tener que desviar pacientes de esas listas a hospitales privados para que les realizasen las pruebas diagnósticas que hasta hacía unos meses se hacían dentro del propio hospital, sin vernos obligados así a pagar ampliación de jornada ni horas extras.

Siguiendo el escalafón y tras ser ninguneado por D. Cástor y su Director Médico, D. Juan José Pedreño, el asunto, que clamaba al cielo o a la Consejería, llegó en forma de excusa de mal pagador a diferentes sectores sociales, prefiriendo así D. Cástor defenderse con un mal ataque que rendirse a las evidencias de Bartolo, divulgando mentiras y falsedades contra un profesional irreprochable, que llevaron a Bartolo a publicar de su bolsillo una carta abierta a D. Cástor, donde educadamente y en salvaguarda del buen nombre del servicio y de la salud de sus pacientes contó a todos las verdades del barquero.

Del kafkiano proceso que Bartolo y los suyos tuvieron que sufrir me reservaré los detalles pues, aunque terribles sus consecuencias, él siempre las guardó en su círculo íntimo.

Pero, tras apartarle de la Jefatura del Servicio de Aparato Digestivo, trasladarlo a la Arrixaca, prohibirle que realizara intervenciones y montarle una campaña de desprestigio con una tromba de mentiras y falsedades, se llegó a un juicio donde se dilucidó y sentenció que Bartolo, el Doctor D. Bartolomé García, llevaba razón en todo lo que planteaba, tanto en el fondo como en las formas, que era libre de extrañarse públicamente del “inusitado interés” de Escribano y Pedreño en desviar pacientes a la sanidad privada, pagando hasta cuatro veces el coste de las pruebas de ser realizadas en el Rosell, y que su actuación tenía por objeto “informar y formar a la opinión pública sobre un servicio público y defender a los pacientes el derecho a tratar en condiciones dignas”.

El ejemplo dado por este hombre es de tal calado, de tal magnitud, que debería tener su nombre escrito con letras de oro y capitales en nuestra historia, pero como la medianía, la estulticia y la indigencia intelectual del común es tan notable, aún tras su entierro tuve que escuchar a alguien que en tras loar a Bartolo terminó con un “si no fuera porque se equivocó”… Pues no amigo, no se equivocó, se equivocó usted y otros muchos con su diagnóstico, con su ‘pancismo’, con sus cortas miras, con su miedo, con sus intereses y hasta con sus envidias. Bartolo acertó de pleno, cumplió con sus juramentos, con sus pacientes, con su familia y hasta con la vida que ya retoña en su particular árbol genealógico. Y, por eso, muchos regamos y regaremos ese árbol con nuestras lágrimas. Por eso y porque nos hemos quedado huérfanos de amigo.

 

José López Martínez

Secretario General MC Cartagena

Obituario: En memoria del doctor Bartolomé García Pérez, por José López
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